Rechazada, desilusionada. Así se sentía Marta cuando descubrió la verdad. Nada de lo que ella siempre había creído era cierto. Había vivido una mentira constante, una mentira llena de sonrisas, llena de momentos de plena felicidad, llena de todo, menos de verdades, una mentira que, a pesar de todo, nunca fue verdad.
Marta se quedó mirando la pantalla del ordenador,
mientras la música sonaba de fondo, mientras todos sus recuerdos pasaban por su mente, mientras tragaba la saliva más fuerte que nunca ya que estaba teniendo una lucha contra sus ojos para no derramar una sola lágrima. Se derrumbaba cada vez que pensaba como podía haber sido tan torpe pensando que alguien la podía haber querido por un solo momento; pensando en que nada de eso era para ella, nada de las sonrisas de aquel adolescente tan inseguro de si mismo, con el que hablaba tanto, con el que compartía todos sus secretos.
A fin de cuentas, Marta nunca le declaró su amor por miedo, por miedo a fracasar una vez más, a sentir el rechazo y sentir como esa persona que significaba tanto para ella podía acabar siendo un conocido más al que no saludar. Siguió guardándoselo para ella durante mucho tiempo. Para siempre.
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