Estábamos en la cocina. Solos en casa. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Instante que sirvió para establecer la complicidad entre nuestros labios. Nos besamos locamente, como si no hubiera un mañana. Me quitó su camiseta, desabroché sus pantalones. Nos dirigimos a su cama, donde nos tiramos sin separarnos un segundo. Las ganas nos corrompían.
Sólo nos lo impedían unas bragas y unos bóxer. Estábamos a escasos centímetros y segundos de hacerlo, de sentirlo. Con su boca recorrió mi cuello, bajando por mis pechos y llegando al lugar esperado. Su lengua, dentro de mí, estaba haciendo completas maravillas. Me encantaba, acababa de entrar en un frenesí de no parar, de querer más. Poco tiempo después ya nada nos lo impedía, estábamos siendo libres, sin reglas establecidas, sin peros, sin angustias y agobios. Al acabar una sonrisa de complicidad era lo que definía lo felices que acabábamos de ser. Tirados en cama, mirando al techo, yo apoyada en su hombro, hablamos del tiempo, del cambio climático y de los detalles del día a día que transforman a una persona por unos minutos, incluso por unas horas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
No te cortes, dame tu opinión